Y el Conejo corría, saltaba, brincaba, esquivaba, trepaba, caía, lloriqueaba, miraba el reloj y corría otra vez.
Alice lo observaba constantemente, desde una sillita en un rincón del salón. Parecía haber perdido todo contacto con la realidad, totalmente sumergida en los vaivenes de su intrépida mentecita juvenil. Se indagaba si su cansancio se debía a estar allí, tanto rato, o si se debía más bien a haber estado allí tanto rato queriendo con su mirada seguirle el paso al Conejo. Irónicamente, tal era su cansancio fuera por lo que fuera que no lograba dilucidar cuál.
En eso, suena una alarma.
Y otra.
Y otra.
¿Y otra?...
El estrepitoso sonido proveniente de un armario cercano devuelve a la pequeña que flotaba en sus pensamientos de tropezones a su sillita del rincón.
Riiiinnngggg, RAAAANNNGGG, Tloonnn-TLOOONN, PRIIIIIIIIIIP!!!!!!!!!!!!!
-Por todos los cielos, ¿Qúe...?- interrogó mientras se paraba y dirigía hacia el armario, confundida y de más está aclarar, irritida.
Abrió las puertas de un armario de caoba, tallado de forma rústica pero elaborada, con una de sus patas, de palo como la de un pirata, y otra, pareciera de un mono, pero palmeada como la de un pato, cosa que no había notado, y que le llevó un par de segundos asimilar antes de ver en el interior.
Del armario se asomaron varias otras patas de seres que Alice prefirió no mirar con detalle, portando tablas, hasta armar una escalerita. Hacia adentro, altísimas estanterías flanqueaban un pasillo que parecía nunca acabar. Entre cada estantería, colgaban carteles con horarios, deberes, listas, nombres, lugares, mapas, etc. algunos que detallaban lugares que Alice conocía, mientras que otros eran totalmente nuevos para sus ojos curiosos, y en ellas... relojes. De todos los colores y tamaños, con diseños simples o extravagantes, con muchas manecillas, con las convencionales, sin siquiera una, relojes cucú, con campanas, con trompetillas, con tambores, con timbales, con inscripciones, con luces, con colores, con agua, con arena, y uno muy peculiar arriba de todo, contra una pequeña ventanita que daba a la luz del sol. Como si fuera poco, con cada segundo parecía que por lo menos un reloj se activaba, quién sabría más que el Conejo para qué, provocando cada vez más estruendo.
A todo esto, tan ocupado estaba el Conejo que no había notado de la incursión de Alice dentro de su equipadísimo mobiliario. Bastó un segundo de darse la vuelta, planeando ofrecerle un té para las cinco, cuando notó tanta alaraca, y sin más, comenzó a gritar.
-No puede ser! No puede ser!- recitaba entre alaridos dando vueltas por la habitación, revolviendo cajones, corriendo, bajando, preparando té, subiendo, abriendo puertas, buscando papeles, cerrando ventanas, apagando chimeneas, saltando, brincando, enloqueciendo - Cómo se me pudo pasar! Se hará tarde! Se hará tarde!!! No puede ser!!!-.
Dicho y hecho, salió haciendo balancear una pila de cosas qué quién sabe para qué serían más que él. E hizo todo a tal velocidad, que Alice apenas tuvo tiempo de verlo despedirse agitando su reloj antes de dar el portazo final.
-"Corre, corre, ¡a todos lados!- conjeturó la niña entre pucheros, parada todavía dentro del armario - ¡y nunca llega a ninguno a tiempo!"-.
Muchos se apuran por hacer muchas cosas.
Y dejan el vivir para más tarde.
Pero para vivir, se hace tarde también.
Y es tarde para cuando se dan cuenta.
P.P.
-"Que vida ocupada, ¡Que vida ocupada!"-
Otro día relatado por la
Principita de Porcelana.
16.9.09
Veamos... esta trata de Vivir para tardar y tardar para vivir.




0 individuos que opinaron al respecto.:
Publicar un comentario en la entrada